Anahí

anahí

Anahí era una pequeña indiecita que amaba profundamente su tierra. La selva, los bosques, los árboles, flores y pájaros eran tan valiosos para ella como su familia.

Recorría feliz los bosques, abrazaba a los árboles, acariciaba a los animales y todo mientras cantaba. Su voz era dulce como la miel y su canto agradaba a todos. Dicen que hasta las nubes la escuchaban y los ríos aquietaban sus aguas para oírla.

Anahí era pequeña, de piel morena y su carita no era muy bonita, pero su canto la hacía la más hermosa de todas las indiecitas.

Un día, se escuchó un sonido que estremeció a toda la selva. Unos extraños habían invadido la aldea para apoderarse de la tierra y todo lo que en ella habitaba.

Todos los indios salieron a defenderse y con ellos Anahí, quien a pesar de su corta edad y su pequeño tamaño, dio batalla a los invasores.

Los extraños, que no habían podido capturar ni un solo indio, tomaron presa a la pequeña y la llevaron con ellos. Se escondieron para que los indios creyesen que el peligro había pasado y fuese más fácil capturarlos luego.

Anahí no tuvo miedo, era una niña muy valiente. Esperó pacientemente a que llegase la noche y aprovechando que los indios malos dormían, escapó.

Se escondió en la selva, en medio de sus amadas plantas, La nubes cubrieron a la luna para que la oscuridad ayudase a la pequeña. Los pájaros callaron y los ríos aquietaron sus aguas. Toda la naturaleza ayudaba a Anahí para que los invasores no despertaran hasta que la pequeña estuviese a salvo.

Por la mañana, al despertar los invasores, descubrieron que la indiecita había escapado. Muy enojados, salieron a buscarla dispuestos a volver con la pequeña. Recorrieron toda la aldea, el bosque y por último la selva entera. Cuando ya parecía que Anahí estaba a salvo, un hombre blanco la descubrió y la volvió a llevar con los enemigos.

– Esta vez no podrás escapar, yo te enseñaré quién manda aquí – dijo el hombre blanco y ató a la niña a un árbol – Si intentas huir, será peor para los tuyos- Dicho esto, se fue.

Una vez más la niña no tuvo miedo. Sólo le preocupaba ayudar a su gente y que los hombres blancos no se adueñaran de las tierras.

-¿Cómo haré para avisarles a todos que aún siguen en peligro si no puedo moverme de aquí? –se preguntaba la niña en medio de sollozos.

Pensó mucho y finalmente se le ocurrió una idea para ayudar a los suyos. No podía moverse, pero sí podía cantar. Sabía que su canto llegaría a cada rincón de la selva, a cada árbol del bosque, que pájaros, nubes y hombres lo escucharían y entenderían el mensaje.

El canto de la pequeña fue tan dulce y melodioso como siempre. Con amor entonaba su canción y con amor la recibía cada criatura de su tierra.

Alertados por el canto de la niña, los indios salieron a defenderse una vez más y lograron vencer a los invasores.

Anahí sabía que los hombres blancos se enojarían con ella y que tal vez se la llevasen lejos de los suyos como castigo. La niña no podía soportar la idea de no estar en su tierra. Algo había que hacer y la naturaleza, su fiel amiga, la ayudó.

Furiosos por la derrota, los invasores fueron al árbol donde habían atado a la pequeña. Para sorpresa de todos, la niña ya no estaba, en su lugar había un hermoso ramo de flores rojas.

No podían creer lo que veían y creyeron que Anahì había escapado una vez más y salieron a buscarla.

Lo que los hombres blancos no sabían era que ese hermoso manojo de flores rojas era la misma Anahí.

La niña siempre había defendido su tierra y a la naturaleza, ahora era la naturaleza quien podía ayudarla, convirtiendo a la valiente indiecita en flores rojas como su corazón, bellas como su alma y aferradas al tronco de un árbol, tal como ella se había aferrado a su tierra. De ese modo vivirá para siempre en el territorio que tal valientemente defendió y al que tanto había alegrado con su canto.

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