El Hada del estanque del molino

Molino Infantil_800

Érase una vez un molinero que vivía con su esposa muy felizmente. Ellos tenían su dinero y su tierra, y su prosperidad aumentaba año a año cada vez más. Pero la mala suerte viene como un ladrón por la noche, y así como su riqueza había aumentado antes, de pronto empezó a disminuir año a año, y por fin al molinero le costó llamar al molino en el cual vivía, “mi molino”. Él se sentía muy angustiado, y cuando descansaba después del trabajo de todo el día, no encontraba ningún consuelo, y se movía contínuamente en su cama, con mucha inquietud. Una mañana él se levantó antes del amanecer y salió al aire libre, pensando que quizás allí su corazón podría sentirse más sereno. Cuando pasaba por las orillas del estanque del molino y el primer rayo de sol rompía al frente, oyó un sonido como de olas en el estanque.

Él dio vuelta y percibió a una mujer hermosa, elevándose despacio del agua. Su pelo largo, que ella apartaba de sus hombros con sus manos suaves, le caía a ambos lados, y le cubría todo su blanco cuerpo.

Pronto comprendió que ella era el Hada del estanque del molino, y en su miedo no sabía si debería escaparse o permanecer donde estaba. Pero el hada hizo que su dulce voz fuera oída, y llamándolo por su nombre le preguntó por qué estaba tan triste. Al principio, todo sorprendido se quedó mudo, pero al oirla hablar tan amablemente, él tomó el fuerzas, y le dijo cómo antes él había vivido en la riqueza y felicidad, pero que ahora era tan pobre que ya no sabía que hacer.

-“Estese tranquilo,”- contestó el hada, -“le haré más rico y más feliz de lo que jamás alguna vez había sido antes, sólo debe prometerme darme lo que recién ha nacido en su casa.”

-“¿Y que podría ser?,”- pensó el molinero, -“¿quizás un cachorrito o un gatito?”- y le prometió lo que ella le pidió.

El hada se sumergió en el agua otra vez, y él se apresuró a regresar a su molino, consolado y con muy buen ánimo. No había alcanzado su casa todavía, cuando la criada salió a su encuentro, gritándole que se alegrara, ya que su esposa había dado a luz a un pequeño varón. El molinero frenó de golpe como si lo hubiera tocado un rayo; vio muy bien que la astuta hada sabía de lo acontecido y lo había engañado. Cabizbajo, él se acercó al lado de la cama de su esposa y cuándo ella dijo,

-“¿Por qué no te alegras de ver al pequeñito?”-

él le dijo lo que había sucedido, y qué tipo de promesa le había hecho al hada.

-“¿De que me servirían la riqueza y la prosperidad,”- añadió, -“si debo perder a mi niño?; ¿Pero qué puedo hacer?”-

Incluso los familiares, quiénes habían venido allí para desearles felicidades, no sabían que decir. Mientras tanto la prosperidad regresó de nuevo a la casa del molinero. Todo lo que él emprendía tenía éxito, era como si las cajas y los cofres se llenaran al unísono, y como si el dinero se multiplicara cada noche en los armarios. En muy poco tiempo su riqueza llegó a ser mayor que lo que había sido alguna vez antes. Pero él no podía alegrarse por ello despreocupadamente, ya que el trato que había hecho con el hada le atormentaba su alma. Siempre que pasaba por la represa del molino, él temía que ella pudiera subir y recordarle su deuda. Él nunca dejó al muchacho ir cerca del estanque.

-“Ten mucho cuidado,”- le decía, -“si por alguna razón pasaras por ahí, no toques el agua, pues una mano emergerá, te agarrará y te sumergirá dentro de las aguas.”-

Pero como los años iban pasando y el hada no aparecía, él se fue sintiendo más a gusto.

El muchacho creció y llegó a su juventud y fue puesto como aprendiz de un cazador. Cuando ya había aprendido todo, y se había hecho un cazador excelente, el señor del pueblo lo tomó en su servicio. En el pueblo vivía una doncella hermosa y sincera, quién complació al cazador, y cuando su maestro percibió aquello, él le dio una pequeña casa, y los dos estuvieron casados, vivieron pacíficamente y felizmente, y se amaron el uno al otro con todos sus corazones.

Un día el cazador perseguía un ciervo; y cuando el animal salió del bosque al campo abierto, lo persiguió y lo alcanzó. Él no notó que estaba ahora en la vecindad peligrosa de la represa del molino, y fue, después de que él había preparado el venado, al agua, a fin de lavar sus manos.

Sin embargo apenas había tocado el agua con sus dedos, cuando el hada ascendió, y sonriente posó sus húmedos brazos alrededor de él y lo sumergió rápidamente dentro del estanque, y las aguas se cerraron de nuevo. Cuando se hizo tarde, y el cazador no volvía a casa, su esposa se alarmó. Ella salió a buscarlo, y como a menudo él le decía que tenía que estar en guardia contra las trampas del hada, y no acercarse a la represa en la vecindad del molino, sospechó lo que podría haber pasado. Ella se apresuró al estanque, y cuando encontró su bolsa de caza en la orilla, ya no podría tener ninguna duda de la desgracia. Lamentando su pena, y torciendo sus manos, ella llamaba a su amado esposo por su nombre, pero todo fue en vano.

Ella corrió al otro lado del estanque, y lo llamó de nuevo; ella injurió al hada con palabras ásperas, pero ninguna respuesta llegaba. La superficie del agua permaneció tranquila, sólo la media luna estaba fija constantemente atrás. La pobre mujer no dejó el estanque. Con pasos precipitados, ella recorrió una y otra vez todo su alrededor, sin descansar un momento, a veces en silencio, a veces pronunciando un grito fuerte, a veces suavemente sollozando. Por fin sus fuerzas se agotaron y cayó a tierra profundamente dormida. Entonces un sueño tomó posesión de ella: soñaba que subía ansiosamente hacia arriba entre grandes masas de roca; espinas y brezos agarraban sus pies, gotas de lluvia golpeaban en su cara, y el viento sacudía su pelo largo sobre ella.

Cuando ya había alcanzado la cumbre, una vista completamente diferente se le presentó: el cielo era azul, el aire suave, la tierra se inclinaba suavemente hacia abajo, y en un prado verde y alegre, con flores de todos colores, se encontraba una bonita casita de campo. Ella se acercó y abrió la puerta; allí sentada estaba una anciana con el pelo blanco, que la llamó amablemente. En aquel mismo instante, la pobre mujer despertó, el día había alboreado ya, e inmediatamente se resolvió a actuar de acuerdo con su sueño. Laboriosamente subió la montaña; todo era exactamente como lo había visto en su sueño. La anciana la recibió amablemente, y le indicó una silla en la cual ella podría sentarse.

-“Tú debes de haber tenido una desgracia,”- dijo ella, -“puesto que has buscado mi solitaria casita de campo.”-

Con grandes lágrimas, la mujer relató lo que le había ocurrido.

-“Confórtate,”- dijo la anciana, -“Yo te ayudaré. Aquí tienes este peine de oro. Quédate hasta que la luna llena haya salido, luego ve a la represa del molino, siéntate en la orilla, y peina tu largo pelo negro con este peine. Cuando ya lo hayas hecho, ponlo en el suelo, y observa lo que pasará.”-

La mujer volvió a casa, pero el tiempo antes de que la luna llena viniera, pasaba despacio. Por fin el disco brillante apareció en el cielo, entonces salió hacia la represa de molino, se sentó y peinó su largo pelo negro con el peine de oro, y cuando hubo terminado, lo posó en el borde del agua. No pasó mucho rato cuando hubo un movimiento en las profundidades, una ola se elevó y rodó hasta la orilla, y arrastró el peine hacia las aguas. En no más tiempo que el necesario para el peine hundirse en el fondo, la superficie del agua se abrió en dos, y la cabeza del cazador emergió. Él no habló, pero miró a su esposa con miradas muy tristes.

De seguido, una segunda ola vino precipitadamente, y cubrió la cabeza del hombre. Todo desapareció y la represa del molino quedó tan pacífica como antes, y solamente la cara de la luna llena brillaba alrededor. Llena de pena, la mujer volvió a su casa, pero otra vez el sueño le mostró la casita de campo de la anciana. A la mañana siguiente ella salió otra vez y se quejó de sus infortunios a la sabia mujer. La anciana le dio una flauta de oro, y le dijo,

-“Quédate antes de que la luna llena salga otra vez, luego toma esta flauta; toca un aire hermoso con ella, y cuando hayas terminado, ponla en la arena; entonces observa lo que pasará.”-

La esposa hizo cuanto la anciana le dijo. Apenas quedó la flauta en la arena se oyó un conmovedor ruido en las profundidades, y una ola se precipitó y arrebató la flauta con ella.

Inmediatamente después el agua se separó, y no sólo la cabeza del hombre, sino la mitad de su cuerpo también se levantó sobre el agua. Él estiró sus brazos ansiosamente hacia ella, pero una segunda ola subió, lo cubrió, y lo arrastró hacia abajo otra vez.

-“¡Ay! ¿en qué me ayuda esto a mí?”- dijo la infeliz mujer, -“¡que sólo puedo ver a mi amado para perderlo otra vez!”-

La desesperación llenó su corazón de nuevo, pero el sueño la condujo una tercera vez a la casa de la anciana. Fue allá, y la mujer sabia le dio una rueca de oro, la consoló y le dijo,

-“Todo no está listo aún, quédate hasta el tiempo de la luna llena, luego toma la rueca, sièntate en la orilla, y haz girar el carrete hasta llenarlo, y cuando lo hayas hecho, coloca la rueca cerca del agua, y observa lo que pasará.”-

La mujer obedeció todo que ella dijo exactamente; y tan pronto como la luna llena se mostró, llevó la rueca de oro a la orilla, y trabajó laboriosamente hasta que el lino se consumió totalmente, y el carrete estuvo completamente lleno de hilos. Apenas estuvo la rueca puesta en la orilla, habo un movimiento más violento que antes en las profundidades del estanque, y una fuerte ola se precipitó, llevándose la rueca consigo. Inmediatamente la cabeza y el cuerpo entero del hombre se elevaron en el aire, sobre un chorro de agua. Él rápidamente saltó a la orilla, agarró a su esposa de la mano y huyó. Pero apenas habían recorrido una distancia muy pequeña, cuando el estanque entero se agitó con un rugido espantoso, y se derramó inundando todo el campo alrededor.

Los fugitivos creyeron ya ver la muerte ante sus ojos, cuando la mujer en su terror imploró la ayuda de la anciana, y en un instante ellos fueron transformados: él en un sapo, ella en una rana. La inundación que los había alcanzado no podía destruirlos, pero esto los separó y los llevó lejos una del otro.

Cuando el agua se había dispersado y ambos tocaron tierra firme otra vez, recobraron su forma humana, pero ninguno sabía donde estaba el otro; ellos se encontraron entre gente extraña, que no sabían de su tierra natal. Altas montañas y valles profundos se interponían entre ellos. A fin de mantenerse vivos, ambos se sintieron obligados a trabajar cuidando ovejas.

Durante mucho tiempo ellos condujeron sus rebaños por campos y bosques y se sentían llenos de pena y soledad. Cuando la primavera había empezado una vez más en la tierra, ambos salieron un día con sus rebaños, y cuando la casualidad lo permitió, ellos se acercaron el uno al otro. Ellos se encontraron en un valle, pero no se reconocieron entre sí; sin embargo se alegraron de que ya no estaban solos. De aquí en adelante cada uno de ellos condujo sus rebaños al mismo lugar; y aunque no hablaban mucho, se sentían consolados. Una noche, cuando la luna llena brillaba en el cielo, y las ovejas estaban ya en reposo, el pastor sacó la flauta de su bolsillo, y tocó con ella una melodía hermosa pero triste.

Cuando él había terminado de tocar, vio que la pastora lloraba amargamente.

-“¿Por qué estás llorando?”- le preguntó.

-“Ay,”- contestó ella, -“así brillaba la luna llena cuando toqué esa melodía en la flauta por última vez, y la cabeza de mi amado esposo se elevó sobre las aguas del estanque.”-

Él la miró, y pareció como si un velo se cayera de sus ojos, y reconoció entonces a su querida esposa, y cuando ella lo miró, y la luna brilló en su cara ella lo reconoció también. Ellos se abrazaron y besaron el uno al otro, y no hubo necesidad de preguntar si en adelante fueron muy felices.

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