El indiecito veloz

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Hace muchos años, vivía en Argentina, un grupo de indios muy buenos y valientes. Habitaban una tierra en la provincia de Mendoza, llena de verdes pastos y montañas muy altas.

Vivían en paz trabajando la tierra. Entre ellos había niño muy bonito y valiente, quien había nacido con una particularidad. Sus piecitos eran diferentes a los del resto, sólo tenía tres deditos en cada uno. También tenía la boca grande, lo cual lo ayudaba a sonreír mucho más que cualquier niño. Cuando nació, su mamá se puso triste pues pensó que tendría dificultades para caminar.

– ¿Por qué lloras mujer? – preguntó su marido.

– ¿Has visto sus piecitos? Le costará caminar –contestó la mamá secándose las lágrimas.

El niño sonrió con su inmensa sonrisa como diciéndole “mami ya verás que no”. Apenas dio sus primeros pasos, el pequeño sorprendió por la velocidad con que corría y la facilidad con que sorteaba obstáculos. El niño creció feliz, veloz y sonriendo siempre y se convirtió en un joven apuesto y valeroso.

Un triste día, la paz en la que vivían se vio amenazada. Llegó la noticia que otro grupo de indios perezosos estaba pensando en invadirlos y robarles la comida y sus riquezas.

– ¿Qué podremos hacer? –se preguntaban los indios grandes.

– No tenemos suficientes hombres para defender lo nuestro, pidamos ayuda –dijo el papá del joven.

Existía otro grupo de indios también muy buenos y dispuestos a ayudar, pero vivían del otro lado de la montaña.

– Será muy difícil llegar hasta allí a tiempo para pedir ayuda –dijo muy preocupado el indio más viejo.

El joven se ofreció a ir en busca de la colaboración de sus vecinos.

-No creo que tus pies sean los indicados para cruzar la montaña -dijo uno de ellos.

– Corro más rápido que cualquiera, verán que llego a tiempo –suplicó el joven.

Así fue que el joven partió rápidamente a pedir ayuda del otro lado de la montaña. Para llegar a destino, debía pasar cerca de donde vivían los enemigos, pero no tuvo miedo. Corrió, corrió y corrió.

Enterados de la presencia del joven, los indios malos comenzaron a perseguirlo y le arrojaron lanzas y piedras para detener su marcha.

El joven sabía que de él dependía la paz de su pueblo. Sin temer ni un solo instante y con el firme propósito de llegar a pedir la ayuda necesaria, corrió más que nunca.

La distancia era mucha y el viento helado. Las ganas de ayudar del joven indio eran tantas que a medida que corría y tal vez como única forma de llegar, sus piernas fueron cambiando de forma, sus brazos se convirtieron en alitas y su cuerpo se llenó de hermosas plumas de color gris.

Su cuello se alargó como para observar a través de las montañas; de sus tres dedos, nacieron tres fuertes uñas que podían trepar por las altas montañas.

Se convirtió en un ave hermoso y ágil. No podía volar, pero corría muy, pero muy rápido y así fue que llegó a las tierras amigas y consiguió la ayuda tan necesaria para su gente.

Al regresar, nadie lo conoció pues ya no era el joven indio, sino una hermosa ave. Sólo su madre pudo, a través de la sonrisa que ahora asomaba por el pico, reconocer a su hijo.

La ayuda llegó de inmediato. Los indios vecinos contaron cómo apareció el ave y cómo, a su manera, les pidió ayuda.

Nadie se explicaba lo que había ocurrido, excepto su mamá.

– Seguramente como indio le hubiese sido imposible cruzar del otro lado y llegar a tiempo. Sin embargo convertido en esta ave de largas patas logró ayudarnos a todos.

El ave movió el pico como diciendo “mami tienes razón” y a su manera sonrió, mostrando orgulloso sus piernas ahora convertidas en patas.

El ñandú corrió feliz por su tierra, tal como lo había hecho cuando fue niño. Su aspecto físico había cambiado, no así su corazón y desde ese día habita el suelo argentino y es parte de su paisaje.

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