Frutos azulados

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En la Patagonia Argentina, vivían los indios Tehuelches. Cada otoño, en medio de árboles cuyas hojitas se teñían de rojo, naranja y dorado, los indiecitos debía partir hacia el norte en busca de un clima menos frío. El invierno era por demás crudo y escaseaba la comida.

Niños, adultos y hasta los animalitos abandonaban los bosques patagónicos, en busca de tierras más cálidas.

Llegó un otoño en que Koonex, la abuelita Tehuelche más anciana, ya no estuvo en condiciones de caminar tanto. Sus huesitos estaban débiles, no tenía energía y decidió quedarse. Los indios no querían dejarla sola, pero Koonex los convenció.

– Deben marcharse, el invierno se acerca. Yo ya no puedo caminar semejante distancia, pero ustedes deben proteger a los niños.

Koonex tenía razón, los niños no podían viajar solos y no resistirían el crudo invierno. Las mujeres entonces cocieron un enorme toldo con pieles de guanaco, y juntaron toda la leña y el alimento que pudieron para que Koonex estuviese abrigadita y bien alimentada.

Partieron todos y Koonex quedó solita. Se consolaba pensando en que había hecho lo mejor para
su tribu y que le quedaba la grata compañía de sus amigos los pajaritos.

Por desgracia, el invierno fue mucho más duro que de costumbre y todos los animalitos debieron partir también.

Sola bajo su toldo de pieles, Koonex pensó que la soledad no era una buena compaña. Faltaba mucho para que llegase la primavera, algo debía pensar para que, al menos los pajaritos, pudiesen quedarse con ella.

Koonex tenía fama de hechicera buena, de esas que hacían pócimas para curar desde el dolor de pancita, hasta el mal de amores. Miró a su alrededor y lo único que vio fue un arbusto espinoso que ya ni flores tenía. Entonces la anciana, le colocó cada día del invierno un granito de azúcar, y una gotita de jarabe oscuro y dulce que tenía bien guardado. Quería hacer de ese triste arbusto, una planta generosa que pudiese ofrecer frutos muy nutritivos.

Al terminar el invierno y cuando todos regresaron, vieron con sorpresa una nueva planta en el suelo patagónico. Koonex la llamó El Calafate y se las presentó a todos:

– Miren qué bella es. Sus frutos son muy nutritivos, de ellas podrán alimentarse siempre por mucho frío que haga.

– Tomando las azules bayas de las rayas, las apretó fuerte y ofreció a los pajaritos las jugosas semillas.

Koonex jamás volvió a pasar un invierno solita. Golondrinas, chorlos, chingolos y alegres cotorras, se quedaron para siempre con ella alimentándose de las semillas y tiñendo sus piquitos con el azul juguito de los frutos.

Koonex había cultivado esa planta con amor y por amor, tal vez por eso sus frutos resistían el frío, alimentaban a sus amigos y la ayudó a tener amigos nuevos.

Dicen que quien prueba los frutos del calafate, vuelve siempre por ellos, seguramente Koonex sonríe cada vez que esto pasa.

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