La Joven sin Manos

031

Un cierto molinero había caído poco a poco en la pobreza, y no tenía nada más, excepto su molino y un manzano grande, atrás en el patio.

Una vez, cuándo había entrado al bosque para traer madera, un anciano que nunca había visto antes se acercó hasta él, y le dijo,

-“¿Por qué te molestas cortando madera?, te haré rico, si me prometes darme lo qué está de pie detrás de tu molino.”-

-“¿Qué puede ser sino sólo mi manzano?”- pensó el molinero, y dijo, -“Sí,”- y dio la promesa por escrito al forastero.

El anciano, sin embargo, se rió en tono burlón y dijo,

-“Cuando hayan pasado tres años, vendré y me llevaré lo que me pertenece,”- y se fue.

Cuándo el molinero llegó a casa, su esposa vino para encontrarlo y le dijo, -“Dime, ¿de donde viene esta riqueza repentina en nuestra casa? De repente cada caja y baúl estuvieron llenos de monedas y joyas; nadie las hizo llegar, y no sé como pasó.”-

Él contestó,

-“Esto viene de un forastero que me encontró en el bosque, y me prometió el gran tesoro. A cambio, le he prometido lo que está de pie detrás del molino; podemos muy bien darle el manzano grande”-

-“¡Ay, marido!,”- dijo la esposa aterrorizada, -“¡ese debe haber sido el diablo! Él no quiso decir el manzano, sino nuestra hija, que estaba de pie detrás del molino limpiando el jardín.”

La hija del molinero era una muchacha hermosa, piadosa, y sobrevivió los tres años en el amor a Dios y sin pecado. Cuando el tiempo se cumplió, y vino el día cuando el malvado debía llevarla, ella se lavó quedando bien limpia, e hizo un círculo alrededor de ella con tiza. El diablo apareció bien temprano, pero él no podía acercársele. Furiosamente, le dijo al molinero,

-“Aleja toda agua de ella, de modo que no pueda ser capaz de lavarse ella misma, porque de lo contrario entonces no tengo ningún poder sobre ella.”-

El molinero tuvo miedo, y lo hizo así. A la mañana siguiente, el diablo vino otra vez, pero ella había llorado en sus manos, y estaban completamente limpias. Otra vez él no podía acercarse a ella, y furiosamente dijo al molinero,

-“Córtale sus manos, porque no puedo acercarme ella.”-

El molinero quedó impresionado y contestó,

-“¿Cómo podría yo cortar las manos a mi propia hija?”-

Entonces el malvado lo amenazó y dijo,

-“Si tú no lo haces, tú serás mío y te llevaré.”-

El padre se alarmó, y prometió obedecerle.

Entonces él fue donde muchacha y le dijo,

-“Hija mía, si no te corto las manos, el diablo me llevará, y como estaba aterrorizado, le he prometido hacerlo. Ayúdame en mi necesidad, y perdóname el daño que te hago.”-

Ella contestó,

-“Querido padre, haz conmigo lo que necesites, yo soy tu hija.”-

Con eso ella posó ambas sus manos, y le fueron cortadas. El diablo vino por tercera vez, pero ella había llorado tanto tiempo y tanto en los tocones, que después de todo ellos estaban completamente limpios. Entonces él tuvo que darse por vencido, y había perdido todo poder sobre ella.

El molinero le dijo entonces a su hija,

-“He recibido por medio de ti tan grandes riquezas, que cuidaré de ti lo más delicadamente mientras vivas.”-

Pero ella contestó,

-“Aquí no puedo quedarme, iré afuera, y gente compadecida me dará tanto como requiera.”-

Entonces ella hizo que sus brazos mutilados fueran ligados a su espalda, y a la salida del sol salió a su camino, y anduvo el día entero hasta que la noche se acercó.

Ella llegó a un jardín real, y con el brillar de la luna vio que los árboles estaban cubiertos de frutas hermosas creciendo en ellos, pero no podía entrar pues había mucha agua alrededor. Y como había andado el día entero y no había comido ni un bocado, y el hambre la atormentaba, pensó,

-“Ah, si yo estuviera adentro, podría comer de las frutas, o si no moriré de hambre!”-

Entonces ella se arrodilló, llamó a Dios el Señor, y rezó. Y de repente un ángel vino hacia ella, quien hizo una presa en el agua, de modo que el foso quedó seco y ella pudo atravezarlo.

Y así entró en el jardín y el ángel fue con ella. Ahí vio un árbol cubierto de peras hermosas, pero la cantidad de frutas habían sido contadas para el Rey. Entonces se acercó al árbol, y para saciar su hambre, comió con su boca una, pero no más. El jardinero miraba; pero como el ángel estaba presente, él tuvo miedo y pensó que la doncella era un espíritu, y se quedó en silencio, tampoco se atrevía a lanzar un grito, o hablarle al supuesto espíritu. Cuando ella terminó de comer la pera y se sintió satisfecha, se ocultó entre los arbustos.

El Rey a quien el jardín pertenecía, bajó a la mañana siguiente, y contó las frutas, y vio que faltaba una de las peras, y preguntó al jardinero qué había pasado, ya que la pera tampoco estaba bajo el árbol, y no se veía. Entonces contestó el jardinero,

-“Anoche, un espíritu entró, quién no tenía ninguna de las manos, y comió de una de las peras con su boca.”-

El Rey preguntó,

-“¿Cómo pasó el espíritu sobre el agua, y a donde se fue después de que había comido la pera?”-

El jardinero contestó,

-“Alguien que venía con una ropa blanca como la nieve del cielo hizo una presa, y contuvo al agua, y el espíritu pudo pasar por el foso. Y como debe haber sido un ángel, tuve miedo, y no hice ninguna pregunta, y no lancé ni un grito. Cuando el espíritu había comido la pera, él se fue.”-

El Rey dijo,

-“Si todo es como tu dices, yo vigilare contigo esta noche.”-

Cuando se puso oscuro el Rey entró en el jardín y trajo a un sacerdote con él, que debía hablar al espíritu. Los tres se sentaron bajo el árbol y esperaron. A medianoche la doncella vino arrastrándose desde la espesura, fue al árbol, y otra vez comió una pera con su boca, y al lado de ella estaba el ángel en ropas blancas. Entonces el sacerdote les salió y dijo,

“¿Vienes tú del cielo o de la tierra? ¿Eres un espíritu, o un ser humano?”

Ella contestó,

-“No soy ningún espíritu, sino una mortal infeliz abandonada por todos excepto por Dios.”-

 

El Rey dijo,

-“Si has sido abandonada por todo el mundo, yo no te abandonaré.”-

Él la llevó con él a su palacio real, y como ella era tan hermosa y buena, él la amó con todo su corazón y mandó a hacer manos de plata para ella, y la tomó como su esposa. Después de un año el Rey tuvo que partir, entonces le encomendó a su madre el cuidado de la joven Reina y dijo,

-“Si tiene que tomar cama, toma cuidado de ella, atiéndela bien, y cuéntame al respecto inmediatamente en una carta.”-

Poco después ella dio a luz a un lindo niño. Entonces la vieja madre se dio prisa en escribirle y anunciarle las felices noticias. Pero el mensajero descansó en un arroyo por el camino, y como estaba tan cansado por la gran distancia, se durmió. Entonces vino el Diablo, que siempre procuraba herir a la Reina buena, y cambió la carta por otra, en el cual escribió que la Reina había traído un monstruo al mundo.

Cuando el Rey leyó la carta quedó impresionado y muy preocupado, pero él escribió en la respuesta que ellos debían tomar gran cuidado por la Reina y cuidarla bien hasta su llegada. El mensajero volvió con la carta, pero descansó en el mismo lugar y otra vez se durmió. Entonces vino el Diablo una vez más, y puso una carta diferente en su bolsillo, en el cual fue escrito que ellos debían matar a la Reina y su niño. La vieja madre fue terriblemente impresionada cuando recibió la carta, y no podía creerlo.

Ella contestó otra vez al Rey, pero no recibió ninguna otra respuesta, porque cada vez el Diablo substituyó una carta falsa, y en la última carta también fue escrito que ella debía conservar la lengua y ojos de la Reina como una señal de que había obedecido. Pero la vieja madre lloró de pensar que tal sangre inocente debía ser evitada, e hizo traer un cierva antes de la noche y recortó su lengua y ojos, y los guardó. Entonces dijo a la Reina,

-“No te puedo matar como el Rey manda, pero no debes quedarte aquí. Ve afuera por el amplio mundo con tu niño, y nunca vengas aquí otra vez.”-

La pobre mujer ató a su niño en su espalda, y se marchó con sus ojos llenos de lágrimas. Ella entró a un gran bosque salvaje, y luego cayó de rodillas y rezó a Dios, y el ángel del Señor se le apareció y la condujo a una pequeña casa en la cual había un letrero con las palabras, “Aquí todos moran libres.” Una doncella blanca como la nieve salió de la pequeña casa y dijo,

-“Bienvenida, Señora Reina ” y la condujo a su interior.

Entonces allí le desataron al niño de su espalda, y lo sostuvieron en su pecho para que lo pudiera alimentar, y lo pusieron en una pequeña cuna maravillosamente hecha. Entonces dijo la pobre mujer,

-“¿Cómo supieron que yo era una reina?”-

La doncella blanca contestó,

-“Soy un ángel enviado por Dios, cuidaré de ti y del niño.”-

La Reina se quedó siete años en la pequeña casa, y fue bien atendida, y por la gracia de Dios, debido a su piedad, sus manos que habían sido cortadas, crecieron una vez más.

Por fin el Rey regresó a casa y su primer deseo era ver a su esposa y el niño. Entonces su madre anciana comenzó a llorar y dijo,

-“¡Qué mal hombre fuiste!, ¿Por qué escribiste que yo debía eliminar aquellas dos vidas inocentes?”-

y ella le mostró las dos cartas que el Diablo había cambiado, y luego siguió diciendo,

-“Hice como me lo pediste,”- y ella le mostró la lengua y ojos.

Entonces el Rey comenzó a llorar por su pobre esposa y su pequeño hijo tanto más amargamente que su madre, que ella al fin tuvo compasión de él y dijo,

-“Queda en paz, esos son sólo naturaleza muerta; en secreto hice que una cierva fuera matada, y tomé esas muestras de ella; luego amarré al niño a la espalda de tu esposa y le pedí que saliera afuera al amplio mundo, y le hice prometer que nunca volviera aquí otra vez, porque tú estabas muy molesto por ella.”-

Entonces dijo el Rey,

-“Iré tan lejos como lo que el cielo es azul, y no comeré, ni beberé hasta que yo haya encontrado otra vez a mi querida esposa y mi niño, si mientras tanto ellos no han sido matados, o muertos por el hambre.”

Así el Rey viajó sobre durante siete largos años, y la buscó en cada hendidura de las rocas y en cada cueva, pero no la encontraba, y pensó que ella había muerto por amor. Durante todo este tiempo él ni comía, ni bebía, pero Dios lo confortaba. Al fin él entró en un gran bosque, y encontró allí la pequeña casa cuyo letrero decía, “Aquí todos moran libres.” Entonces salió al frente la doncella blanca, lo tomó de la mano, lo condujo adentro, y dijo,

-“Bienvenido, Señor Rey,”- y le preguntó de donde venía.

Él contestó,

-“Pronto voy a tener siete años de estar viajando en busca de mi esposa e hijo, pero no puedo encontrarlos.”-

El ángel le ofreció comida y bebida, pero él no tomó nada, y sólo deseó descansar un poco. Entonces se acostó para dormir, y puso un pañuelo sobre su cara. El ángel entró en la cámara donde la Reina estaba sentada con su hijo, que ella por lo general lo llamaba “Doloroso”, y le dijo,

-“Sal con tu hijo, tu marido ya ha llegado.”

Entonces ella fue al lugar donde él estaba, y el pañuelo se cayó de su cara. Y dijo ella,

-“Doloroso, recoge el pañuelo de tu padre, y cubre su cara otra vez.”-

El niño lo recogió, y lo puso sobre su cara otra vez. El Rey en su sueño oyó lo que pasaba, y le agradaba que el pañuelo cayera una vez más. Pero el niño se puso impaciente, y dijo,

-“Querida madre, ¿cómo puedo cubrir la cara de mi padre cuando no tengo a ningún padre en este mundo? He aprendido a decir la oración ‘Padre Nuestro, qué estás en el Cielo,’ tú me has dicho que mi padre estaba en el Cielo, y él era nuestro Dios bueno, y ¿cómo puedo reconocer a un hombre extraño como éste? Él no es mi padre.”-

Cuando el Rey oyó aquello, despertó, y preguntó quiénes eran ellos. Entonces dijo ella,

-“Soy tu esposa, y él es tu hijo, Doloroso.”-

Y él vio sus manos vivas, y dijo,

-“Mi esposa tenía manos de plata.”-

Ella contestó,

-“Dios bueno ha hecho que mis manos naturales crezcan otra vez;”-

y el ángel entró al cuarto, y trajo las manos de plata, y se las mostró.

En ese momento él supo a ciencia cierta que sí era su querida esposa y su querido hijo, y él los besó, y se alegró, y dijo,

-“Una gran piedra pesada se ha ido completamene de mí corazón.”-

Entonces el ángel de Dios les dio una comida junto con ella, y después ellos se fueron a la casa de la madre anciana del Rey. Hubo gran alegría en todas partes, y el Rey y la Reina y el hijo estuvieron juntos otra vez, y vivieron felizmente hasta su final.

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